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Menos Tinder y más Kinders

Aguila Jackson

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Vivimos en una época tecnológicamente gloriosa, con más información y medios al alcance de nuestra mano que nunca. Ya existen aplicaciones prácticamente para todo: salir a correr, aprender idiomas, comprarte una bicicleta de segunda mano o incluso para controlar la calidad de tu sueño, que se dice pronto. Creo que hasta las hay para encenderte un cigarro.

Y también existen, cómo no, aplicaciones para ligar, como el famoso Tinder, que puede tener su cierta gracia, no digo que no, y te puede sacar de algún apuro en un fin de semana malo, pero debemos tener una cosa clara: no debe llegar a convertirse NUNCA y bajo ningún concepto, en un sustituto o reemplazo del método a la vieja usanza: salir a ligar a los bares, discotecas, cafeterías, bibliotecas, centros comerciales… o incluso, como diría el gran Fernando Fernán Gómez, hasta en las gasolineras.

La tecnología sin duda nos ayuda a estar más “conectados digitalmente” que nunca, pero no por ello debemos permitir que eso implique una desconexión con nuestro lado más humano. Debemos seguir enamorándonos de la camarera, de esa chica de mirada traviesa del gimnasio, de la que te ha desnudado de arriba abajo al pasar por tu lado, de la morena de las gafitas con cara de no haber roto un plato en su vida, pero que tú y yo sabemos que sí los ha roto… Y así sucesivamente.

No podemos perder algo tan hermoso como el típico: “¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?”, por un golpecito con el dedo en una pantalla del móvil. Eso sí que no. Si estás sentado en el baño con los pantalones por los tobillos y lo prefieres a leer las noticas, se te está permitido usar el Tinder, pero nunca dejes de ser un auténtico cazador. Además es mucho más divertido, fresco y gamberro, como con casi todas las cosas buenas de la vida, mejor vivirlo en el campo de batalla que a través de una pantalla.

Mi consejo: no pierdas los buenos hábitos. Date una buena ducha, ponte la camisa que menos arrugada tengas en el armario (planchar no nos gusta), unas gotitas de colonia, un par de canciones de los Rolling Stone que te motiven (como “Satisfaction”, mi favorita) y sal con los colegas a prenderle fuego al fin de semana. Tírale a todas, como pollo sin cabeza, la pista de baile es el corral y tu el gallo más chulo. ¿Os imagináis a John Travolta en “Fiebre del sábado noche” o en “Grease” ligando con el Tinder? ¿A que no? ¿A James Dean? ¿Antonio Banderas? ¿Julio Iglesias? Tampoco, ¿verdad? Los superhéroes no ligan con el móvil, son guerreros y les encanta la batalla.

Está en nuestras manos el destino de la humanidad, literalmente, así que échale huevos y sal a ligar como dios manda, como tu padre conoció a tu madre, o tu madre a tus padres. Es coña, pero me has entendido, ¿a que sí?

Así que eso, menos Tinder y más Kinders, menos apps y más huevos para salir a ligar con el cara a cara, sin aporrear el móvil. ¡Suerte en la batalla!

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Entrevista en La Tribuna de Albacete

Orgasmus

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De Albacete a Miami, bitch!

Aguila Jackson

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(Artículo publicado originalmente en la revista FHM.es el 1 de Junio de 2016)

Somos hombres, y por lo tanto nos definen una serie de principios. Estos pueden parecer más o menos estúpidos, pero el ser capaces de serles fiel define en gran medida quiénes somos.

Uno de mis “estúpidos” principios es el de tener que celebrar mi cumpleaños cada año en un lugar distinto, y cuanto más pictórico y remoto, mejor, independientemente del día de la semana en que caiga. Ningún hombre que se quiera lo suficiente pasaría este día tan especial trabajando (salvo si eres Nacho Vidal o alguien del mismo rango). Así, siendo originariamente de la mítica y legendaria Albacete y dado que actualmente vivo en Austin, Texas, había que aprovechar y hemos ido a… Miami, bitch! Y no te confundas, los que me conocen saben que nunca tengo un duro, pero hacer al menos un viaje gordo al año es también cuestión de principios. Os contaré mis impresiones.

 

Preparativos:

-Pásate la maquinilla de afeitar por la cara, el pecho, la espalda (lo sé, habrá partes a las que no llegarás nunca, da igual) y sobre todo los bajos. Y si te sobra tiempo y te falta un poco de pelo, pásatela también por la cabeza. Ahora que no tienes pelo en el pecho te verás más fuerte, aunque unos meses de gimnasio antes de ir no te habrían venido mal.

-Deja la tarjeta de débito en el congelador unos días antes de volar, porque dicen que Miami, barato precisamente no es.

 

Llegada:

Si aterrizas un viernes o sábado noche y lo primero que haces es darte un paseo por “Ocean Dr”, la calle principal de Miami Beach, puedes acabar en estado de shock. Tu cuello sufrirá más turbulencias que cuando estabas sentado en el avión, y tratarás sin éxito de localizar las cámaras y focos, pero no, ¡aquello es real!, aunque se parezca a un videoclip de Pitbull. Y es que esa calle es una auténtica locura, un desfile de modelos multicultural: rubias, mulatacas, asiáticas, afroamericanas, y más mulatacas. Tus pupilas se dilatarán como si acabaras de chupar un sapo y sentirás que te falta hasta la respiración.

Apenas te da tiempo a pasar el lector de código de barras por una cuando ya tienes a la siguiente encima, y otra más… aguardando a la siguiente con más expectación que a la anterior, como si Beyoncé fuera a aparecer en cualquier momento paseándose por esa imaginaria alfombra roja. Y por si eso fuera poco, parece estar de moda ir sin sostén y con un piercing en el pezón. ¡Y viva la vida!

Aunque en realidad hay de todo, también encuentras tías embutidas en vestidos de cinco tallas más pequeños, pero que en realidad también te gustan, porque en Miami, todo cuerpo es hermoso, ya sea de la talla S, M, L o XXXL. Demasiadas emociones en muy poquito tiempo para un amante de la belleza femenina.

Y cuando piensas que ya por fin te has acostumbrado a la escena, te detienes en el semáforo para cruzar la acera, y entonces, por primera vez en toda tu vida, te encuentras con dos Ferraris parados en el mismo semáforo, uno a cada lado de la calle, uno rojo y otro blanco, como si los regalaran. ¿Pero esto qué cojones es? ¿Tiacas y Ferraris? ¿Dónde coño estoy?

En esos primeros treinta segundos uno piensa que debería matarse a trabajar, esforzarse más, hacer algo decente en la vida… Después consigues callar esa vocecita pensando que el dinero no da la felicidad y cosas así.

Los amantes del famoso videojuego GTA sentirán los gráficos y los personajes más vivos que nunca, y es que pasear por Miami Beach es casi como jugar al GTA, donde los Mustang, Corvette, Jaguar, Hammer, Ferrari, Porsche, Bentley, Tesla y otros tantos coches de lujo de los que nunca antes oí hablar deambulan por allí como en Albacete lo hacen los Seat Ibiza.

Debemos pensar que Miami es un lugar único en el mundo, un lugar donde se mezcla la cultura latina con el capitalismo americano, así que no debe sorprendernos que se les haya ido un poquito bastante de las manos.

 

Clubs:

Cae la noche, es tu cumpleaños y estás en Miami, ¿qué haces? Pues irte de fiesta. Para calentar motores nada mejor que dejarse caer por el “Mango’s”, un lugar que nos habían recomendado por ser la segunda casa de Pitbull o Flo Rida y que no nos decepciona. En la misma “Ocean Dr”, con varias salas, escenario con espectáculos en vivo, desde las “Mama Chicho” a Michael Jackson, y un contagioso ritmo caribeño. Me ahorro hablar de las féminas.

Después optamos por ir a uno de los muchos clubs que van promocionando los taxis amarillos, y vamos al “E11even”, abierto 24 horas todos los días de la semana, esperando encontrar una discoteca al estilo de Ibiza donde poder echar un baile. Pero para nuestra sorpresa aquello se parecía bastante más a un cabaret o sala de striptease más bien, aunque llevado al extremo del derroche.

Fue un poco incómodo encontrarme por primera vez con mi novia en un sitio así, pero ya que estábamos…

No recuerdo exactamente si llovían billetes de un dólar desde el techo o todos procedían de la gente que disfrutaba del espectáculo, que arrojaba los billetes sobre las chicas de la misma forma que un crupier reparte las cartas en un casino. Alucinante.

Botellas de champagne con bengalas y otros fuegos artificiales se paseaban en cubiteras por todo el local, abarrotado de strippers semi-desnudas, hombres trajeados a los que la vida parecía no tratarles nada mal y sus preciosas damas vestidas para la ocasión.

Nos sentíamos como en una fiesta del Gran Gatsby, en el que literalmente tenías que despegarte los billetes de los zapatos como el que se despega un chicle. ¡Qué aberración! Al parecer Rihanna había estado por allí en una ocasión y había derrochado nada menos que $8,000 en efectivo cuando sonó su canción “Diamonds”. Y es que lo que pasa en Miami no es normal. En una de las ocasiones me despegué un billete del zapato y se lo puse en el tanga a la stripper de al lado, aunque a mi novia no le hizo mucha gracia, pero fue algo instintivo, sin meditación previa, no lo pude evitar, ¿qué habrías hecho tú?

 

La playa:

No podemos despedir el artículo sobre Miami Beach sin hablar un poquito sobre la playa. Las expectativas estaban tan altas que era difícil llegar a cumplirlas. Al fin y al cabo es Miami Beach, tiene que ser acojonante, ¿no? Y la verdad es que no está pero que nada mal, pero después de haber participado en la vida nocturna de Miami, uno se queda con ganas de más. La playa está cojonuda, arena blanca, gran extensión, palmeritas y un agua cristalina reflejando el azul brillante del cielo casi con luz propia. Una delicia de playa.

Ahora tocaba el “paseo de reconocimiento”, no iban a ser todo palmeritas. Y aunque sabía que no podía ser como la noche anterior con las strippers, me sorprendió un poco el ambiente familiar que allí reinaba. Era casi como pasear por la playa de San Juan de Alicante (una de mis favoritas de España), donde parecía que fuera a encontrarme al vecino del quinto en cualquier momento. ¡Qué pesado el tío, como si no hubiera más playas!

Habría que esperar al día siguiente, cuando descubrimos que el ambiente del bueno estaba en el sur de South Beach, y más concretamente junto al “Nikki Beach”, una versión sofisticada del Bora Bora de Ibiza donde reinaba el postureo, con gente pidiendo botellas de 600 pavos que en el Mercadona podemos encontrar por 12. Pero Miami es Miami. Nosotros con dos mojitos de 15 pavos tuvimos bastante.

Estando allí uno llega a pensar que quizás Miguel Ángel llegara a jubilarse en Miami, y que desde entonces no ha dejado de esculpir los mejores cuerpos del planeta. Eso, o muy buenos cirujanos, los escultores del siglo XXI. Pero en un cualquier caso, un trabajo bien hecho merece mi reconocimiento.

 

Conclusión: 

No somos conscientes de la suerte que tenemos, pues España es sin duda uno de los mejores lugares del mundo para disfrutar de fiesta y playa, caña y tapa. Tenemos Ibiza, Formentera, Cádiz, Barcelona, las Canarias, Mallorca, Menorca y un largo etcétera. Posiblemente el mejor país del mundo con esa combinación Playa+Fiesta, así que no hace falta irse tan lejos para pasar unas buenas vacaciones.

Pero si eres un viajero incansable, te pica la curiosidad y no te importa rascarte un poquito el bolsillo, Miami puede estar bastante bien para unas vacaciones legendarias y saber qué es lo que está pasando en el otro lado del mundo.

Yo incluso le daría una oportunidad para vivir al menos un año allí, y es que Miami es mucho más que Miami Beach, con barrios como “Little Havana” o el artístico “Wynwood”, que la convierten en una de las ciudades más impresionantes y completas del mundo.

 

Próxima parada: ¿Las Vegas?

 

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Piso compartido en Madrid

Aguila Jackson

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(Historia publicada originalmente en la revista FHM.es el 9 de Agosto de 2016)

Seguramente mudarme a Madrid haya sido una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida. Corría el año 2010, y tras haber sido becario en una pequeña consultora en Albacete, que por cierto sufrió las consecuencias de la crisis hasta la sepultura, vi encenderse en mi camino un túnel de luz que me conducía hasta la capital de España. En esos años, e incluso hasta hoy día parece que se ha venido alargando la cosa, si querías tener un curro decente tenías que irte a alguna gran ciudad.

Así, cargado de valor y desprovisto de vastos ahorros me dispuse a empezar una nueva vida, abandonando a mi querida y cómoda Albacete y dirigiéndome a Madrid como el que lo deja todo para ir a probar suerte a Nueva York. Así de lejano se me hacía entonces.

Pero no estaría sólo en la odisea, valiente y siempre fiel en la batalla y ante la conquista de nuevos horizontes, se uniría a la aventura con hombría mi mejor amigo Billy, junto con su espada, cuya reputación y honores le hacían merecedor de ser mi compañero de piso durante tan importante etapa.

No faltos de entusiasmo ni estrechos de confianza en nosotros mismos, fuimos a alquilar un apartamento nada más y nada menos que en la mismísima Puerta del Sol. Con dos cojones. ¿Sabéis donde está la tienda de Vodafone, que hay un portal al lado donde venden lotería de Navidad? Pues ahí, porque las cosas se hacen bien o no se hacen, joder.

Ello reducía considerablemente las matemáticas del hogar, haciéndolas bastante simples: dado el precio del apartamento y los gastos, o encontrábamos curro en un mes o nos tendríamos que volver “al pueblo”. Eso nos mantenía despiertos, sabíamos que cada día allí podía ser el último, y vaya si lo teníamos en cuenta…

Por las mañanas nos pasábamos el día echando currículums y aplicando a ofertas de trabajo en internet. Le echábamos a todo, decíamos que sabíamos hacer de todo y después estudiábamos lo que hiciera falta.

Por las tardes habíamos desarrollado el respetable hábito de realizar algunas apuestas deportivas, también por internet. Cualquier cosa valía para intentar ampliar nuestra estancia en Madrid… O pagar alguna copa aunque fuera.

Y por la noche, dado que estábamos recién llegados de Albacete, en Madrid nos sentíamos como dos Erasmus veteranos. Salíamos de fiesta como pollo sin cabeza, de lunes a domingo, sin excepción, y lo celebrábamos con más pasión si cabe si ese día había caído alguna apuesta.

La vida era maravillosa, éramos jóvenes, intrépidos, vivíamos en el puto centro de Madrid y hasta ganábamos algo de dinero en internet –muy poco–. Joder, nos sentíamos como los Pelayo. Y por si fuera poco Madrid estaba repleta de mujeres hermosas, mujeres venidas de todos los rincones del planeta, la asiática, la mulata, la sevillana…

Y ahí estábamos nosotros para ser sus guías turísticos, para hacerlas felices, para conseguir que se fueran de España con un buen sabor de boca, enseñarles todo lo “typical Spanish”, y por supuesto para hacerles el recorrido romántico que nunca falla: quedar en el McDonald de Gran Vía, bajar hasta Sol, ver la Plaza Mayor, bajar hasta Ópera, Palacio Real, Jardines de Sabatini, Templo de Debod, cenita romántica en el “Museo del Jamón” –un poco cutre ahora que lo pienso, sí– y cierre de cita con peliculita en casa. Y que sea lo que Dios quiera.

A la casera le había dicho al firmar el contrato que allí viviría yo solo, para que no me subiera el precio del alquiler por vivir con otra persona allí. Ni que fuera barato, la madre que me parió… Aquello era acojonante. Y eso que el apartamento tampoco era ninguna mansión Playboy. Se trataba simplemente de una antigua clínica dividida en unos doce –o dieciocho– apartamentos. De hecho, dado que los pisos eran de techo alto, se habían inventado un altillo para colocar la cama en “la segunda planta” y así poder aprovechar el espacio para hacer más “apartamentos”.

Pero no solo a la casera le había dicho que allí vivía yo solo. A nuestras concubinas no le podíamos decir que teníamos un compañero de piso, o de lo contrario nuestros encuentros no hubieran tenido el mismo fin ni la misma gracia. Y así fuimos sorteando citas, ahora tú, ahora yo, ahora yo voy a esta entrevista, tienes que dejarme el piso listo para mi cita de las nueve, vale yo voy al cine con…

Y la verdad es que se nos iba dando bastante bien la cosa, y ni qué decir tiene que le estábamos sacando el máximo beneficio al apartamento, convertido ahora sí en una mansión Playboy Manchega. No diré que no nos lo pasamos bien en nuestro primer mes en Madrid… Como aquella vez…

Ese día había apostado una pasta en un partido, por lo que no me podía ir de casa alegremente hasta que acabara. Pero Billy –y su espada– tenían una cita, así que tras meditarlo un poco acordamos que yo aguardaría en silencio en la bañera, escondido tras las cortinas, con mi portátil entre las piernas para ver el partido tranquilamente.

Fuera empezaron a oírse risas, pero pronto empezaron jadeos y los golpes de la cama contra la pared. Mientras tanto yo seguía sin perder el hilo del partido.

“Joder, no puedo perder el poco dinero que tengo en una estúpida apuesta deportiva de la segunda división checa. ¡Pero seré inútil!”

Se acercaba el final del partido, y yo con el corazón en el puño, encerrado en el cuarto de baño miserablemente. Billy parecía estar pasándoselo bien, pero mejor debía estar pasándoselo la bendita que le acompañaba esa noche, que entonaba semejante Traviata que habría conseguido arrancarle al mismísimo Verdi un par de lágrimas de la emoción. ¡Qué pasión, la virgen!

Clímax máximo, nuestra cama pronto atravesará la pared y aparecerá en el apartamento de al lado, y la ópera está a punto de culminar…. Se acercan al borde del área, dispara a puerta… Y mi equipo marca un… ¡¡¡¡GOOOOOOLLLLLL!!!! Consciente de que no puedo gritar me pongo de pie en la bañera y desgarro un grito silencioso al techo, como si yo mismo hubiera marcado el gol y el estadio entero pudiera verme. ¡Ole mis huevos!

Los gritos fuera han terminado y le suceden unas risas de complicidad. Y de repente se enciende la luz del baño y alguien entra. Parece que se ha sentado y empieza a mear. Billy no es, yo creo que no. Me tapo la boca con la mano y empiezo a partirme el culo sin poderlo evitar, haciendo un esfuerzo infinito por que no se note mi presencia en la bañera, al otro lado de las cortinas.

De no haber encontrado el papel higiénico yo mismo podría habérselo alargado con la mano desde la bañera. Sí, Madrid es la hostia.

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